Soldados del pingüino
Asistiendo a las conmemoraciones callejeras por cuenta de la posesión de Cristina Kirchner, me encontré con una alucinada letra que viene siendo cantada por jóvenes de agremiaciones oficialistas, como La Cámpora.
Dice la letra: “yo soy argentino, soy soldado del pingüino” [pingüino era el apodo del presidente Néstor Kirchner, antecesor de Cristina, muerto en 2010].
La música me atrapó de tal forma que la militancia joven la hizo entrar en el Congreso, durante la posesión de la presidenta. El vice, Amado Boudou, acostumbra ser el más animado en estirar ese coro.
Ver a una banda de jóvenes gritar que quieren ser soldados, a esa altura de la historia, teniendo en cuenta el saldo fatal de la tragedia que fue la represión militar contra la resistencia y la guerrilla de Argentina en los años 70, es de temer. Aún más considerándose que el país vive en una democracia hace casi treinta años.
En mi tentativa de trazar paralelos con Brasil, sin embargo, escuchando la música de La Cámpora me acordé de repente de la bellísima canción “Soldados”, del primer álbum de la Legión Urbana, de 1985, año del final de nuestra dictadura.
La letra habla del encantamiento con la idea de la lucha (“Se acuerda cuando era sólo un juego?/ Fingir ser soldado la tarde entera”), la tentativa de reconocerse en la sociedad (“Quién es el enemigo?/ Quién es usted?”) y termina con el miedo, la desilusión y la conciencia de la inutilidad de la guerra (“Somos soldados/ Pidiendo limosnas”).
El final de la letra dice, justamente, que a fin de cuentas: “La gente no quería luchar”, que muestra cuánto de fantasía e ingenuidad hay en un primer momento del deseo de ser soldado de alguien o de alguna causa.
No sé si es posible hacer un paralelo entre la juventud brasileña de los años 80, donde esa canción nació y se hizo eco con impacto, y la juventud kirchnerista de 2011, que hoy grita que quiere formar un ejército en nombre de un presidente muerto.
La rebeldía de los adolescentes seguidores de la Legión Urbana estaba relacionada con el desencantamiento de una generación (mi generación, en el caso) que había nacido en medio de la dictadura y que no sabía qué esperar de la democracia.
En el país a su frente, veía miles de problemas, que no se sabía interpretar correctamente. De ahí una revuelta contra todo. En las letras de Renato Ruso, se leen ataques a la policía, al hambre, a la televisión, a las autoridades, a la pobreza, al analfabetismo, al prejuicio, al servicio militar obligatorio.
Escuchadas hoy, la rabia y la revuelta de las letras de Ruso parecen un poco desproporcionadas a la realidad, pero el hecho es que pegaron, y legiones de jóvenes se pegaron a su discurso y decoraron sus largas y verborrágicas letras (yo, inclusive).
Fueron válidas, antes de todo, por resumir y expresar las ansiedades de una juventud que creció en una década (años 80) considerada apática si es comparada con la agitación política de los años 60 y 70.
En la Argentina de los días de hoy, a pesar de los problemas sociales y económicos que el país enfrenta, aun así tampoco parece haber necesidad de tanta revuelta. Tomar armas, si ya es cuestionable en un régimen militar, en una democracia entonces es completamente indefendible.
Lo que parece mover a ese grupo es, ante todo, una nostalgia muy grande con relación a los que resistieron al régimen militar (1976-1983), mezclada a esa confusión de aún no entender bien “quién es el enemigo, quién es usted” o aún si esa ecuación tiene algún sentido.
Es evidente que no hay nada más triste que jóvenes conservadores que no quieren cambiar nada del mundo en que viven.
En ese sentido, llega hasta a ser conmovedor ver la pasión de los jóvenes kirchneristas en sus manifestaciones y cantos.
Alguien necesita alertarlos, sin embargo, que quién juega con fuego puede salir quemado, y que esa historia de gritar que me gustaría ser soldado puede no tener un final feliz.
Así como en la letra de la Legión Urbana, esos niños, si enfrentaran una lucha de verdad, terminarán cantando el último refrán de la letra de Renato Ruso: “la gente no quería luchar”.
Folha de Sao Paulo – Brasil
Sylvia Colombo

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