Diez años después, Argentina comienza a volver a la pista
En 2001, el gobierno confiscó depósitos bancarios, decretó el impago de la deuda pública, el PIB se desplomó y la pobreza alcanzó niveles récord
“Queda mejor si es condimentado con ajo”. Ese fue el comentario gastronómico hecho a ‘O Estado’ los primeros días de mayo de 2002 en la periferia de la ciudad de Quilmes sobre cómo hacer la carne de gato más sabrosa. La misma semana, a 400 kilómetros de allí, en la ciudad de Rosario, un camión volcó con un cargamento de vacas. La población de una recién-creada favela – la mayoría, ex-integrantes de clase media – atacó el camión.
Argentina, país que otrora había sido caracterizado por la opulencia alimenticia, estaba arruinada. Su población – que había integrado el antiguamente denominado “paraíso de la clase media latinoamericana” – estaba empobrecida.
Los argentinos recordaron el jueves con amargura una década de esa crisis, llamada “El Colapso”, cuando el Producto interior bruto (PIB) se desplomó a 10%. Diez años después – mientras asisten por la TV las escenas de las protestas sociales en la tierra de los antepasados, Europa -, los argentinos recuerdan los tiempos sombríos saboreando un “bife de chorizo”. La economía, en los últimos ocho años, creció a un ritmo del 7,6% en promedio anualmente. Las perspectivas, para el año que viene, aunque menos optimistas a causa del contexto internacional, no son de catástrofe.
Mientras que en 1991, diez años antes del colapso, solamente 4% de los argentinos tenían hambre crónica, la proporción se disparó a 28% en 2002, en plena crisis. “Actualmente, el hambre alcanza a 5% de la población, es decir, 2 millones de personas”, afirma a O Estado Artemio López, sociólogo y director de la consultora Equis, especializada en el análisis de pobreza y desempleo.
Según el analista, el hambre fue reducido en gran medida gracias a los planes de asistencia social de los gobiernos del ex-presidente Néstor Kirchner (2003-2007) y de su viuda y sucesora, la presidente Cristina Kirchner. “Actualmente, los planes quitaron a la pobreza de la franja de los 28%. Y la indigencia, sin la ayuda estatal, estaría en 10%”.
La pobreza que era del 10% en 1991, una década antes de la crisis, alcanzó picos históricos en 2002, cuando afectó a 54% de los argentinos. Según López, la pobreza se desplomó en los últimos ocho años y actualmente asola a 20,1% de los argentinos, aunque el gobierno – cuyos índices oficiales son cuestionados – afirme que la proporción de pobres no pasa del 10%.
En 1991, el desempleo estaba en 5%. A lo largo de la década fue subiendo gradualmente. En la víspera de la crisis, en octubre de 2001, 18% de los argentinos no tenían trabajo. Pero, con el colapso, se disparó a 24% en 2002. Actualmente está en 7%. “Es interesante ver que Kirchner, en 2003, asumió el gobierno con 22% de los votos, es decir, dos puntos porcentuales a menos que la proporción de desempleados”, afirma López.
Corralito. La economía argentina iba a los trancos y barrancos desde que la crisis mexicana de 1994 alcanzó el país. Pero, en el año 2000, la renuncia del vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez disparó la desconfianza en el país, cuya tasa de riesgo comenzó a crecer aceleradamente. Fallidas, 14 de las 24 provincias argentinas – en rebelión abierta con el gobierno federal – comenzaron a emitir “monedas paralelas”, sin lastro, para poder pagar a operarios públicos y proveedores.
El gobierno del presidente Fernando De la Rúa, alcanzado por la fuga de divisas y una carrera bancaria, desesperado en contener la convertibilidad económica (que determinaba la paridad uno a uno entre el dólar y el peso), decretó el “corralito”, denominación del mega confisco bancario implementado el día 1º de diciembre de 2001.
La medida, en vez de calmar los ánimos, llevó a millones de argentinos a las calles para protestar contra el gobierno. El día 20 de diciembre de aquel año, miles de personas – a los gritos – pidieron la renuncia de De la Rúa en el frente de la Casa Rosada, que dejó el gobierno en la misma noche.
En las puertas de los bancos – todos los días, durante meses -, centenares de miles de titulares de cuentas golpeaban cacerolas para exigir la devolución de su dinero. A pesar de la recuperación de la economía, los argentinos nunca más volvieron a confiar plenamente en los bancos y en los gobiernos.
Las violentas manifestaciones de 2001-2002 – cuyo principal modus operandi eran los piquetes – no ocurren más. Pero los piquetes, aunque pacíficos, se consagraron como la expresión social de los argentinos.
Desconfianza. Según el economista Fausto Spotorno, de la consultora Orlando Ferreres y Asociados, la bancarización argentina en 2001 – baja en comparación con otros países de América Latina – tenía depósitos que representaban 18% del PIB. Diez años tras el corralito, los depósitos equivalen a sólo 7% del PIB. “No es solamente la desconfianza, es también la inflación”, sostiene Spotorno, destacando que el combate a la escalada inflacionaria es una de las batallas que el gobierno de la presidente Cristina Kirchner dejó pendiente.
La dolarización de la economía argentina, una característica histórica, se acentuó en la década que transcurrió desde la crisis. Mientras los argentinos poseían US$ 81 billones en el exterior, en cajas de seguridad o en el prosaico – pero confiable – colchón, actualmente esconden de la fiscalización gubernamental y de las cuentas corrientes un total de US$ 150 billones, según datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec).
Spotorno sostiene que el lado positivo de los últimos años es el crecimiento económico, la proporción más baja de la deuda pública en relación al PIB, y la balanza comercial con el mundo, superavitaria. Pero considera que la pobreza aún permanece en niveles elevados, inferiores a los tiempos de la crisis aunque mayores que hace dos décadas, y corre el riesgo de volverse estructural.
Además de eso, afirma que el gobierno necesitará tomar medidas urgentes para combatir la crisis energética. “También ocurre una baja entrada de capitales extranjeros y de quiebra, falta acceso a los mercados internacionales de crédito y un gasto público excesivo”.
Impago. Veintitrés días tras el corralito – cuando tomó posesión el tercer sucesor de De la Rúa, el presidente provisional Adolfo Rodríguez Saá -, la situación se agravó con la declaración de impago de los títulos de la deuda pública con los acreedores privados. Argentina, además de arruinada, protagonizaba el mayor default de la historia mundial y se hacía paria de los mercados internacionales de crédito.
Durante los meses siguientes, el país pasó por momentos surrealistas, entre los cuales el día en que la Provincia de San Luis especuló declarar la independencia para librarse de los problemas nacionales argentinos. En la misma época, acreedores japoneses pidieron a representantes del Ministerio de Economía que Argentina vendiera parte de la Patagonia para pagar las deudas.
“No me gusta recordar de aquellos tiempos”, afirma a O Estado con voz angustiada Graciela Rossi. Ella, durante la crisis, perdió el trabajo de profesora de jardín de infancia en una escuela porteña. “Mi marido tuvo que cerrar la microempresa que tenía. Nos volvimos cartoneros (catadores de papel). Nos tomó dos años salir del fondo del pozo”.
Cuando termina la frase, Graciela – actualmente asistente en una tienda de ropas en el barrio de clase media de Caballito – se seca las lágrimas que corren por su rostro y pronuncia con rabia: “Sólo quiero pensar en cosas buenas de aquí al frente. Aquello fue el infierno”. Y vuelve a repetir: “Fue el infierno!”.
O Estado de S. Paulo – Brasil
ARIEL PALACIOS, CORRESPONSAL / BUENOS AIRES -

![Validate my RSS feed [Valid RSS]](http://publicaronline.net/wp-content/uploads/valid-rss-rogers.png)