Libia / Siria, de la democracia se exige todo
Pero es prematuro decir que Libia está condenada a la barbarie a causa del linchamiento de Gaddafi
En medio a la abominación que fue el linchamiento de Muammar Gaddafi, el periódico francés “Libération” introdujo un matiz: “Es comprensible que, tras 40 años de tiranía, la transición no sea como una elección en Suiza”, escribió François Sergent. Comprensible puede de hecho ser, pero, como el propio Sergent dejó claro, no es aceptable. De la democracia -el punto de llegada teórico de la revuelta en Libia- se exige más, se exige todo. Más respeto a la vida, a los derechos humanos, a las libertades públicas, más eficacia en la gestión, menos corrupción, más justicia social -la utopía, si usted quiere. Por eso es por lo que no se puede aceptar que se dé a Gaddafi el tratamiento que él dio a los libios.
Puesto esto, es prematuro tomar el linchamiento como señal de que los ganadores de la guerra en Libia son incapaces de establecer un sistema democrático. Hay, en esa presuposición, un correcto prejuicio. Ayuda-memoria: el dictador italiano Benito Mussolini también fue linchado, en 1945, por los “partigiani”, los resistentes a la dictadura fascista, que, sin embargo, son considerados libertadores de Italia, y no bárbaros, al contrario de los libios. El hecho de haber colgado a Mussolini de cabeza para abajo no impidió que Italia inmediatamente se convirtiera en una democracia plena.
Para que quede claro: el mundo es mejor sin Gaddafis y Mussolinis, pero creo que también es correcto sería llevar ambos a los tribunales. Volviendo a Libia: si usted quiere un contrapunto a la barbarie practicada con el tirano detenido, quede sabiendo que 200 publicaciones independientes surgieron en el país desde la caída de Gaddafi y, según el periódico “The Independent”, los lectores salen de las bancas con las manos llenas de diferentes periódicos, de manera de tener certeza de que no se perderán ninguna noticia.
Es una señal -micro, es verdad- de que hay una sede de libertad que eventualmente permitirá superar el tremendo desafío puesto para las nuevas autoridades, así resumido por el primer ministro Mahmoud Jibril, en un reciente discurso: “Remover las armas de las calles, establecer la ley y el orden y unir las diferentes facciones del Consejo Nacional de Transición son las principales prioridades después de la muerte de Gaddafi”. Una segunda señal de prejuicio son los comentarios sobre la mayoría (sólo relativa) que el partido islamita Nahda (renacimiento) está obteniendo en Túnez, el país precursor de las revueltas árabes.
Aún con todo el cuidado para no ensombrecer el pionerismo y el ejercicio del voto, muchos comentarios en la prensa occidental apuntan a Nahda como amenaza tanto a la democracia como al estatuto de la mujer, mucho más liberal en Túnez que en la media de los países musulmanes.
Puede ser, puede no ser, nadie sabe. Pero el ejercicio de la democracia presupone, con perdón por la obviedad, respetar las decisiones de la mayoría. Lo que no puede acontecer es repetir Argelia de 1991, otro momento único democrático en el Norte de África: los islamitas del Frente Islámico de Salvación ganaron el primer turno, el Ejército impidió el segundo, tomó cuenta del país y promovió un baño de sangre de empalidecer la abominación que fue el linchamiento de Gaddafi.
Folha de Sao Paulo – Brasil
CLÓVIS ROSSI

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