11S el ataque a Estados Unidos

 

Los recuerdos permanecen intactos en la memoria. Pasaron casi diez años y el relato es tan preciso, tan detallado, que parece que el atentado contra las de Nueva York hubiera sido la semana pasada. Pero fue hace una década y el impacto emotivo todavía se percibe en las palabras de Alberto Armendáriz, el periodista de LA NACION que fue testigo del atentado.

Desde , donde cubre la corresponsalía, la narración telefónica se llena de recuerdos y sensaciones. Un recorrido que sale de memoria, desde lo más profundo, que se vuelve visceral hasta llegar a la voz entrecortada por la emoción.

Para aquellos periodistas que aman la profesión, sentirse cerca de un hecho como el del 11 de septiembre de 2001 es un privilegio, por más trágico que resulte. Y Armendáriz estuvo a 20 metros de donde caían vidrios y escombros, sintió el calor de las dos moles de cemento y hierro incendiándose, vio personas lanzarse al vacío con desesperación.

Sin sentirse protagonista de la historia, relató con minuciosidad las vivencias del día en el que el mundo cambió para siempre. Las vivencias de la persona detrás del periodista.

CAOS, ADRENALINA Y TERROR

En 2001, Armendáriz se encontraba en Nueva York realizando una Maestría en Periodismo en la Universidad de Columbia y el día de los atentados recorría la ciudad con uno de los candidatos a la alcaldía. Al conocer la noticia, cambió los planes y corrió hacia el lugar del desastre. “Me encontré con un caos total, con la gente mirando hacia arriba sin poder creer lo que veía, entre ambulancias, bomberos y policías. Estaba a 20 metros de las Torres Gemelas y empecé a tomar conciencia de lo que pasaba”, narra a LA NACION. Lo curioso, según recuerda, es que ninguna de las personas allí presentes imaginaba que podía ocurrir lo que pasó, aún viendo a los dos aviones incrustados en lo alto de las dos estructuras gigantes.

El fuerte olor a combustible incendiándose, vidrios cayendo, explosiones, un calor agobiante sobre la cabeza, el pánico y la sorpresa son las sensaciones que más perduran. “Lo más fuerte que recuerdo son unos golpes secos que escuchaba. Después me enteré que era el ruido de la gente que se estaba tirando. Me quedó muy grabado el ruido, se veían caer, saltando al vacío con desesperación.”, describe.

CERCA DEL ALCALDE

Mientras trataba de conseguir todos los testimonios posibles de la gente que salía de las torres, cuando todavía estaban en pie y en llamas, Armendáriz se protegía debajo de los toldos de los comercios cercanos. Hasta que un vidrio perforó uno de ellos y buscó refugio en la entrada de un edificio.

En esos largos minutos se cruzó con el entonces alcalde de Nueva York , Rudolph Giuliani, y un grupo de asesores. La mayor preocupación era informarle a la gente, a través de los medios, que no se acerque a la zona del atentado.

“Mientras hablaba con Giuliani uno de los guardaespaldas gritó ‘¡ruuuuun!’. Sentí el piso temblar y cuando me di vuelta una de las torres, que estaba en llamas y envuelta en una nube negra, se deshacía delante nuestro”, relata. Una ola de polvo envolvió a la gente y la sensación de adrenalina se tapó con un silencio abrumador. “No me acuerdo de las sirenas. Poco a poco se empezaron a sentir las toses, el aire estaba espeso”, comenta.

EL ROL DE PERIODISTA

 

Armendáriz, en la ciudad que se volvió parte de su historia. Foto: Archivo 

 

 

Armendáriz se siente un privilegiado por haber estado en el momento justo y en el lugar indicado, aunque aclara que trabajar en esas condiciones fue muy duro emocionalmente porque sentía “la necesidad de contar las tragedias de la gente que sufrió de verdad”.

“Uno de las cosas más duras era ir al lugar donde se recolectaba los datos genéticos”, explica. Luego del atentado, durante varios días, había largas filas de personas que repartían fotocopias de fotos de sus familiares desparecidos a los médicos y periodistas que transitaban por el lugar. “También llevaban prendas íntimas o cepillos de dientes de los desaparecidos para dejar las muestras de ADN”, rememora.

Allí tomó contacto con los familiares de los cuatro argentinos fallecidos en el atentado: Gabriela Waisman, Pedro Grehan, Mario Santoro y Sergio Villanueva. Pasó varias horas cerca de Alberto y María Rosa, los padres de Mario, y también con Delia, la madre de Sergio. “Lo más duro era que no tenían una respuesta, si estaban vivos o muertos, si estaba inconcientes o perdidos”.

El periodista recuerda que la primera semana de trabajo fue muy intensa. Lo más “engorroso y estresante” era chequear todos los días la cantidad de muertos y desaparecidos. “En mi primer día de descanso agarré la ropa que tenía puesta el 11 de septiembre. Tenía impregnado el olor a polvillo, a calle, a combustible, y me largué a llorar por primera vez. No me había permitido sentirlo, sino a través de las personas que lo sufrieron”, confiesa.

Desde Río de Janeiro, Armendáriz describe también los días posteriores. Cuenta que el 11 de septiembre todo fue sorpresa, pánico y adrenalina. En cambio, el 12 fue más tranquilo, pero muy triste. “La ciudad se dio cuenta del vacío que le había quedado, se tomó conciencia de la cantidad de muertos. Nueva York se había apagado”, explica. El tercer día fue un momento clave, que marcó la recuperación, surgió una idea de resistencia cuando la gente se unió al esfuerzo de los rescatistas y la remoción de los escombros.

A partir del impacto de los aviones contra las dos moles, la vida del periodista cambió, como la de todos los estadounidenses que por primera vez se sintieron vulnerables. Tenía pensado quedarse un año en Nueva York y terminaron siendo diez. “Se volvió parte de mi historia, de mi hogar”, finaliza.

Las siguientes son algunas de las notas del Alberto Armendáriz durante la cobertura del atentado a las Torres Gemelas en 2001.

“Nos están atacando, estamos en guerra”
El día en que el silencio se adueñó de la ciudad
La vida después del drama en Nueva York
Ground Zero, la herida que sigue abierta
Manhattan: salir del ground zero

“Ví gente saltar al vacío con desesperación” – lanacion.com  .

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