Brasil Sin Miseria, objetivo osado pero viable
Tras proponerse la meta de garantizar el derecho a la alimentación de todos ciudadanos, Brasil adopta ahora un objetivo aún más osado, sin embargo viable: erradicar la miseria.
La elaboración de plan Brasil Sin Miseria, lanzado en el inicio de junio, contó con la participación de decenas de órganos, gestores y especialistas. El resultado fue una estructura bien diseñada, global, pero a la vez asentada en metas claras. Ese proceso, así como la experiencia acumulada durante los dos gobiernos del presidente Lula, sirve de referencia para otros países también apoyándose en reducir la miseria y el hambre.
Primero, es preciso definir un público y tener metas realistas. Eso fue hecho con la experiencia del IBGE, que, a partir de la línea de pobreza extrema definida por el gobierno federal, fijó una metodología que reveló la existencia de 16,2 millones de personas – cerca de cinco millones de familias – como público prioritario del programa.
La lucha contra el hambre pavimentó un poderoso mercado de masa, algo que fue menospreciado durante décadas
Segundo, es necesario caracterizar al público, conocerlo y analizar los determinantes de la persistente exclusión. El Plan radiografió la vertiente de esa pobreza, que muchos conocían, pero no su exacta magnitud y localización territorial. Algunos parámetros obtenidos: las áreas de concentración de la miseria son las mismas donde hay déficit de provisión de servicios, como acceso al agua y saneamiento; mitad de esa pobreza está en las áreas rurales; el común de la gente tiene descendencia negra; la gran mayoría es analfabeta o no completó la enseñanza fundamental.
Tercero, definir cómo hacer para que las políticas públicas lleguen hasta esas familias. El hecho es que muchas iniciativas, sean ellas de transferencia de renta, de crédito o de calificación no alcanzan o no siempre están adecuadas a ese público.
Fue preciso listar un conjunto de políticas, algunas nuevas otras ya existentes para “llegar” hasta ellas y, como dice la ministra de Desarrollo Social y Combate al Hambre, Tereza Campello, tomarlas por la mano, trayéndolas adentro de la política pública. Enseguida, identificar sus incontables carencias – la falta de documentación, de educación formal, y hasta de un par de anteojos.
El truco del programa es que él no simplifica la travesía de la exclusión a la inclusión. La universalización de la Bolsa Familia a quién realmente la necesita está asociada a las políticas de inclusión productiva. No teóricas. Una referencia es el mapa de oportunidades generadas por las obras del gobierno federal, así como la oferta de servicios básicos, a ejemplo de la asistencia social, atención básica a la salud, vivienda, etc.
Esa interacción perfeccionada es un activo precioso que fue agregado al patrimonio de las políticas sociales brasileñas en los últimos años. Acciones aisladas ayudan a familias y núcleos aislados. Acciones coordinadas de seguridad alimenticia promueven cambios significativos, materializando una dinámica de desarrollo que reconcilia el imperativo social y el productivo. Si el gran asunto de la economía hoy es la fuerza del mercado interno es porque el país supo extender esas líneas de pasada que hacen la interconexión entre el amparo a la emergencia y la superación de la lógica que la reproduce.
En la crisis mundial iniciada en 2007, las políticas desdobladas del paraguas inicial del Hambre Cero – entre ellas, la transferencia de renta que redundó en la Bolsa Familia, pero también la expansión y el refuerzo de la merienda escolar, las adquisiciones directas de la agricultura familiar y la ampliación del Pronaf entre otras- consolidaron la legitimidad de la agenda de la seguridad alimenticia en nuestro país.
La capacidad que tiene la lucha contra el hambre de pavimentar un poderoso mercado de masa – algo menospreciado durante décadas – conquistó entonces el debido respaldo estadístico y estratégico. Se hizo un eje indisociable de la agenda de desarrollo.
Una de las primeras medidas del gobierno de Lula en el ámbito del Hambre Cero, por ejemplo, fue promover la actualización de los valores traspasados a la merienda escolar. Parecía algo tangencial. Hoy, sin embargo, Brasil tiene uno de los mayores programas de merienda escolar del planeta, que atiende a 47 millones de niños y adolescentes diariamente. Su presupuesto es de R$ 3 billones, tres veces superior al de 2003, con una singularidad adicional: hoy por lo menos 30% de esos recursos, obligatoriamente, se destinan a la adquisición de productos de la pequeña agricultura local.
Se añadió así un ingreso cautivo de R$ 1 billón a los productores familiares brasileños, con discusiones previsibles en la renta y en el consumo rural. Se canaliza así una parcela de la demanda adicional de alimentos para uno de los segmentos más carentes de la agricultura brasileña, los pequeños productores, transformando lo que era visto como un problema en parte de la solución.
Brasil Sin Miseria pertenece, por lo tanto, a la misma cepa de acciones integradas que distinguieron la concepción original del programa Hambre Cero, dotado ahora de la estructura administrativa que faltaba antes. Sus acciones de inclusión productiva envuelven un conjunto de iniciativas vueltas para los trabajadores de las áreas urbanas y los residentes rurales, con enfoque territorial para garantizar la sinergia entre ellas. Brasil Sin Miseria prevé, inclusive, la calificación de los servidores que están en la punta de la atención pública, acreditándolos para lidiar con la complejidad de estas familias, identificando sus múltiples carencias y la mejor inserción en acciones integradas.
Por último, es importante mencionar la implicación de los gobiernos estatales. No se puede suponer que el gobierno federal tenga todas las respuestas y los instrumentos. El pacto federativo, políticamente correcta, es sobre todo necesario del punto de vista de la gestión.
Tener 27 estados trabajando en pos del mismo público multiplica por el mismo número la posibilidad de éxito de la meta.
Estamos, por lo tanto, delante de un nuevo escalón que consolida y perfecciona el patrimonio brasileño de políticas sociales. En Brasil sin Miseria la concepción transversal del combate a la exclusión y a la desigualdad se alía a la experiencia administrativa que eso requiere y, sobre todo, al lastro de legitimidad y apoyo político que los avances anteriores propiciaron, dentro y fuera del país.
José Graziano da Silva está licenciado del cargo de Representante Regional de la FAO para América Latina y Caribe
Valor Económico – BrasilAutor: José Graziano da Silva

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