Cual es la Argentina real?

El Observador – Uruguay - Pese a que la crece, no se logra disminuir número de pobres

En contra del objetivo oficial de lograr la “inclusión social” y redistribuir la riqueza, los datos muestran un progresivo deterioro de los indicadores sociales. Para los analistas críticos del gobierno, la inflación y la ineficiencia estatal son los culpables de la fragmentación. A un promedio de dos discursos por día, cinco días a la semana, no es temerario afirmar que Cristina Fernández es la presidenta de la región que más ha hablado en público desde 2008 a la fecha.

Y en cada uno de esos discursos, la mandataria argentina suele repetir algunas expresiones por las que tiene especial predilección. Una que raramente falta en sus alocuciones es “inclusión social”, que para el kirchnerismo equivale a una bandera. Y en estos días electorales ese estandarte es agitado con más entusiasmo que nunca.

La presidenta, que compara los indicadores sociales actuales con los de 2003, cuando su fallecido esposo Néstor Kirchner asumió la Presidencia, siempre destaca los avances en ese sentido, en especial cómo el desempleo, que se ubicaba en 25% luego del colapso de hace una década, bajó hasta el 7,8%. Pero en este período, sin embargo, hubo otros indicadores que van a contramano de la inclusión predicada por el kirchnerismo: las estadísticas más dolorosas de la actualidad argentina marcan una persistente, con un piso en 23% y difícil de bajar.

Pero además, la percepción social sobre esta situación es peor aun: una encuesta de la Universidad Católica marca que el porcentaje de quienes afirman que su ingreso no les alcanza para satisfacer las necesidades básicas asciende a un contundente 34%. Y que apenas 17% está en condiciones de ahorrar.

Como síntoma inocultable de que algo falla en la “inclusión social”, el consumo per cápita de carne vacuna (un indicador emblemático de la calidad de vida en un país que se ha preciado de haber ocupado durante años el liderazgo mundial en este ranking) ha caído 12 kilos en apenas un año. Ahora se ubica en torno de 58 kilos anuales por habitante, uno de los niveles mínimos de las últimas décadas, en línea con el consumo que había durante la depresión de 2002.

Y otros indicadores de la pobreza creciente son más difíciles de cuantificar pero saltan a la vista de todos los argentinos. Los asentamientos irregulares, conocidos aquí como “villas miseria”, están teniendo una expansión territorial imparable, ya no solamente en el conurbano sino en plena zona residencial de Buenos Aires. Las estimaciones hablan de 200 mil personas que habitan estas villas solamente en capital, y una cifra desconocida, pero que podría superar los dos millones de personas si se cuentan los cinturones suburbanos de todas las grandes ciudades.

Pero estos datos, aun con toda su carga deprimente, no son lo peor: ocurre que la tendencia a futuro es que esta situación tiende más a agravarse que a atenuarse.

Cuál es, entonces, la Argentina real: la que bate récords de venta de autos, al punto que los compradores deben quedar en lista de espera en las concesionarias, o la que ve crecer las villas miseria a una velocidad acelerada? ¿La sociedad que compró más de un millón de LCD durante los meses del Mundial de fútbol, o aquella en la que un cuarto de la población no puede pagar la canasta familiar básica, que cuesta el equivalente a unos $ 9.000 uruguayos?

Las dos, sin duda. Y ese es, precisamente, el fenómeno que causa preocupación en el ámbito político y académico. Porque Argentina siempre fue un país volátil, pero antes todos sufrían en las crisis y todos mejoraban en los años de bonanza, mientras que ahora se está insinuando el fenómeno de la “fragmentación social”. Esta expresión, totalmente en las antípodas de la “inclusión” que declama el kirchnerismo, supone un golpe al orgullo nacional, porque echa por tierra con la imagen de país de clase media y pone a Argentina en un plano de igualdad con el resto de los países latinoamericanos que no logran mejorar su distribución de la renta.

El tema ha llegado a una gravedad tal que la Iglesia Católica ya prácticamente no evita el tema en ninguno de sus pronunciamientos públicos. Uno de los más duros, tras los enfrentamientos violentos entre ocupantes de terrenos municipales y los vecinos de ese barrio, advirtió sobre los “signos de fragmentación social: la persistencia de la pobreza e inequidad, la dificultad para el diálogo, la violencia y la agresión, el desprecio a los migrantes”.

A la hora de buscar explicaciones sobre por qué se produce un deterioro social en el mismo período en el que la economía crece a “tasas chinas”, todos los dedos acusadores de los analistas apuntan hacia una mezcla de problemas estructurales con fallas en las políticas sociales. Entre los primeros, se destaca el deterioro de la educación pública, y su correlato de baja capacitación en la mano de obra. A su vez, esa población escasamente calificada engrosa la nómina de trabajadores informales, que ya asciende a 35% y tiene un nivel de ingresos cada vez más lejano que el de los empleados “en blanco”.

Un informe de la Universidad Católica es contundente respecto de la crisis en la enseñanza secundaria: “Solo el 36% de los alumnos terminan dentro de los plazos previstos. El resto se retrasa o deserta. Sin entrar en materia de calidad educativa -donde las evaluaciones internacionales destacan a Argentina por detrás de otros países de América Latina que otrora la miraban como modelo de ilustración-, la falta de interés por este problema básico de retraso y deserción escolar expresa una actitud de resignación”.

Pero eso no es todo. Porque los investigadores afirman que incluso en el campo donde el gobierno exhibe sus mejores números, como en la lucha contra el desempleo, hay problemas ocultos. Según estos diagnósticos, la mayor parte de la creación de empleos creados en el último año se explica solo por el empleo estatal. Dos de cada tres nuevos puestos son en oficinas públicas, en un país que se jacta de vivir un proceso de “reindustrialización”.

Pero el dato más preocupante es que el bajo índice de desocupación no responde tanto a la aparición de nuevos trabajos sino a una caída en la cantidad de gente que quiere entrar al mercado laboral. Un trabajo de la fundación Idesa indica que, de los 16,7 millones de argentinos en edad de trabajar, solo el 63% tiene un empleo. Ese guarismo es notoriamente inferior a los de los países europeos, donde el índice se ubica en torno de 75%.

“Luego de varios años de contexto internacional favorable, la insuficiencia de trabajo productivo sigue siendo masiva. Esto se debe a que las reglas del mercado de trabajo conspiran contra la generación de empleo. Resulta indisimulable una gran contradicción. Muchas de las instituciones laborales son defendidas porque supuestamente protegen el trabajo, cuando en realidad protegen los intereses corporativos, la burocracia y la corrupción”, afirman los autores del informe.

 

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