O Estado de S. Paulo – Brasil; El Juego de la Memoria

Sebastián Piñera, no tiene paz
El nuevo Presidente de Chile, Sebastián Piñera, no tiene paz. Y el terreno traicionero de esta nación andina, que destruye ciudades y se traga a su gente, no es su único problema. En enero, en la víspera del terremoto de 8,8 grados que azotó el país y a meses del accidente que atraparía a 33 mineros 700 metros bajo tierra, su predecesora dejó una bomba de efecto moral.
En uno de sus últimos actos oficiales, la Presidente Michelle Bachelet inauguró el Museo de la Memoria. Dedicó el elegante edificio de tres pisos, revestido de cobre y vidrio, a las víctimas de la guerra sucia en la que miles de chilenos fueron asesinados, torturados o “desaparecidos” en manos de una de las más sangrientas dictaduras del continente.
“Sólo una herida muy limpia puede ser curada”, repitió Bachelet, que es médica de profesión. Pocos estarían en desacuerdo con el diagnóstico, pero meter el dedo en las heridas puede ser delicado, principalmente en América Latina, donde recién ahora se están revelando algunas de las peores atrocidades, causando tensiones y furias no resueltas. Ahora, además de lidiar con los desastres naturales, los chilenos también deben apaciguar sus fantasmas.
Chile no es la única nación que está ajustando cuentas con el pasado. Perú ha inaugurado la Casa de la Memoria, en la ciudad andina de Huancavelica. Pronto, el país erguirá el Lugar de la Memoria, en Lima. Recientemente, Guatemala, México y Argentina crearon o reformaron sus propios museos de los derechos humanos.
En la interpretación más simple, son monumentos al renacimiento de la democracia, tras largos años de dictadura y violencia. Casi 3000 personas murieron y 1200 han desaparecido bajo la bota del general Augusto Pinochet, que gobernó Chile entre 1973 y 1990. Diez veces más cayeron en la guerra sucia argentina, desde 1976 hasta 1983, y 69.000 murieron en manos de terroristas o de las fuerzas de seguridad, en Perú, desde 1980 hasta 2000.
Honrar públicamente la memoria de las víctimas no es algo inédito (pensemos en el Museo del Holocausto, en Alemania, o el Museo del Apartheid, en Sudáfrica). Tampoco es inédita la lógica detrás de estas nuevas instituciones: que la sociedad debe asumir sus actos más oscuros para no repetirlos nunca más. Lo que es diferente – y arriesgado – en América Latina, es cuán recientes son las heridas que salen ahora a la luz y cuán explosiva es la conmoción que despierta su revelación.
Los monumentos por el Holocausto fueron erguidos cuando la mayoría de las víctimas ya habían sido enterradas. En América Latina, los sobrevivientes todavía están vivos, trabajando y, en muchas naciones, ejerciendo el poder. El padre de Bachelet fue asesinado en los sótanos de Pinochet. El ex guerrillero y actual presidente de Uruguay, José Mujica, soportó diversas torturas en sus 14 años de prisión, durante la dictadura. Hoy, saber manejar la memoria es parte del plan de estudios básico de la nueva generación de líderes latinoamericanos; y su capacidad o incapacidad en ese aspecto no sólo puede determinar el destino de sus gobiernos, sino el de sus jóvenes democracias.
Todos son proyectos ambiciosos. Firmado por el arquitecto brasileño Mario Figueroa, el Museo Chileno de la Memoria, que ocupa toda una manzana, en el centro de Santiago, costó US$ 22 millones. “Starquitetos”, como Kenneth Frampton y Rafael Moneo, fueron quienes eligieron al diseñador del museo peruano. Las exposiciones también son impresionantes, con instalaciones, colecciones y galerías interactivas de otras guerras sucias, desde Sarajevo hasta la Unión Soviética de Stalin.
Conmueven, sobre todo, con pequeños detalles – cartas, fotografías, peines para el cabello – de las víctimas que murieron o desaparecieron durante su detención. Lo más sorprendente del museo de Chile es la pared cubierta de retratos de los desaparecidos, una especie de trompe l ‘oeil del terror, en la que es imposible centrarse en un rostro en particular sin perderse en la tragedia colectiva.
Sin embargo, lo más importante es lo que ocurre fuera de las galerías. Los museos son un intento estético de vacunar a la sociedad contra sus inclinaciones más brutas. “Tenemos que consolidar la cultura democrática para salvarnos de la intolerancia y aprender que no se combate el terror con más terror”, dijo el escritor Mario Vargas Llosa, que está al frente de la iniciativa peruana. El riesgo es que el acto de recordar se convierta en una bandera política, despertando odios históricos e institucionalizando una lucha ideológica de aquellos que controlan la memoria.
Hoy en día, las organizaciones no gubernamentales, los sindicatos y los partidos más “ideologizados” tomaron posesión de la memoria, tratando de convertirla en un arma política para enjuiciar a los funcionarios de los regímenes derrotados y reabrir los casos mal explicados. En Perú, activistas de derechos humanos acusan a los militares de manipular las comisiones para la verdad y la reconciliación para “lavar su reputación”.
Un libelo, por supuesto, incita a otro, y el juego de la memoria se convierte en una guerra retórica. “Comisiones de la calumnia”, replicó el general brasileño Maynard Santa Rosa. El gobierno peruano pidió que Vargas Llosa encabezara el diseño de la Plaza de la Memoria, no sólo por su prestigio internacional, sino también por su conocida postura conservadora, buscando aplacar a los militares, que amenazaron con inaugurar su propio museo de la memoria.
El destino de los nuevos gestos para honrar a las víctimas históricas dependerá, en última instancia, de la habilidad y la diplomacia de los dirigentes políticos. Es ingenuo pensar que recordar es un acto inocente, carente de emociones o de tensiones. El secreto es cómo manejar el juego de la memoria para que no provoque una nueva oleada de recriminación y violencia.
O Estado de S. Paulo – Brasil
Autor: Mac Margolis – OPINIÓN
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