Carlos Pagni: La oposición, veinte tribus sin jefe
Carlos Pagni, La oposición, veinte tribus sin jefe
Con el fracaso de la sesión de ayer en el Senado, cobra más entidad una incógnita que será recurrente hasta el recambio presidencial de 2011: ¿qué posibilidades tiene la mayoría heterogénea de la oposición para neutralizar a la minoría (todavía) homogénea del oficialismo? En las condiciones actuales, pocas.
La primera dificultad es la enorme fragmentación de los rivales del Gobierno. Este dato ayuda a percibirla: en la cámara alta hay 72 senadores organizados en 23 bancadas. La mayor dispersión la aporta el denominado Peronismo Federal, que preside Adolfo Rodríguez Saa. Allí dentro conviven varios bloques, muchos de ellos unipersonales. Estos disidentes del PJ consiguieron el mayor número de miembros cuando se discutió la integración de las comisiones: muchos legisladores se sumaron sólo para llevarse un cargo interesante. Pero el aglutinamiento fue transitorio. No puede ser tenido en cuenta a la hora del voto. El kirchnerismo está en condiciones de conseguir, si no la adhesión personal, la prescindencia de un conjunto de senadores que no forman parte del poder en sus provincias y, por lo tanto, no tienen expectativas de renovar su banca.
Los votos que le faltaron a la oposición para alcanzar el quórum y rechazar el pliego de Mercedes Marcó del Pont para el Banco Central pertenecen a esta clase de senadores, que van y vienen como la lanzadera de un telar. La correntina Josefina Meabe, por ejemplo, pertenece al radicalismo K de Arturo Colombi, que quedó desplazado de la administración provincial. Para la integración de las comisiones votó con la oposición, y se llevó la presidencia de la de Agricultura (Meabe milita en la Sociedad Rural de Corrientes), pero en el caso de la titular del Central se alineó con el Gobierno. Meabe tiene viejas deudas con Juan Carlos Mazzón, un experto en producir mutaciones en el alma humana, sobre todo cuando se trata de parlamentarios.
La ex aliada de Carlos Reutemann, Roxana Latorre, de Santa Fe, también cruzó de vereda esta vez, con un argumento que ya utilizó en otros traspasos: “No quiero ser cómplice de un proyecto golpista”. Sería saludable que la próxima vez que utilice esa excusa agregue alguna precisión. Seguro la tiene.
La senadora María José Bongiorno también se balancea entre un bloque y otro, según el caso. Ella llegó en la lista de Miguel Pichetto, después migró al interbloque de Rodríguez Saa, y ayer volvió junto a Pichetto.
Que estas defecciones se hayan verificado en el peronismo disidente irritó más al radical Gerardo Morales con Felipe Solá: “Felipe me pide explicaciones a mí pero los que faltan son del partido de él” se quejó el jujeño ante un correligionario.
La inestable conducta personal de un haz de legisladores volverá incierta la situación del Congreso en los próximos dos años. Pero no es el único obstáculo de la estrategia parlamentaria opositora. Ella debe superar fracturas más importantes. Una es la que separa a la Coalición Cívica y la UCR. Elisa Carrió ha sido en estos años la dirigente política más severa con el oficialismo. Los radicales, en cambio, temen ser demasiado intransigentes. No vaya a ser que terminen hundiendo al Gobierno. En tal caso, serían ellos los que heredarían la crisis, ya que tienen a una de sus principales figuras, Julio Cobos, en la vicepresidencia.
El peronismo disidente, en cambio, suele asumir posiciones extremas respecto del oficialismo. Es lógico: debe diferenciarse más en la medida en que forma parte del mismo partido. En algunos casos, la solidaridad con Néstor Kichner fue muy reciente. Un ejemplo lo proporcionaron Felipe Solá y Juan Carlos Romero al renunciar, ayer, a la conducción del PJ. Sin proponérselo, recordaron que todavía compartían con Kirchner un cuerpo colegiado.
Sin embargo, el peronismo federal, sobre todo en la Cámara de Diputados, está exhibiendo nuevas grietas. Muchos dirigentes de la provincia de Buenos Aires, que se alinearon con Francisco De Narváez en junio pasado, abrieron negociaciones con Julio De Vido para pactar reglas de juego en la próxima interna bonaerense. Solá conoce bien estas tensiones, porque quedaron expuestas durante una reunión de su bloque la semana pasada, cuando varios de sus compañeros le preguntaron: “¿Hasta cuándo vamos a seguir siendo furgón de cola de Carrió?”.
Estas diferencias, que expresan distintas estrategias electorales, acaso se vuelvan más dramáticas hacia fin de año. Para entonces estará casi lanzada la campaña presidencial y en el Congreso hay, por lo menos, ocho candidatos: De Narváez, Reutemann, Cobos, Carrió, Solá, Ricardo Alfonsín, Adolfo Rodríguez Saa, Pino Solanas, sin contar a Mauricio Macri, que tiene en Federico Pinedo a su principal representante, o a Eduardo Duhalde, por quien habla y vota su esposa, “Chiche”.
Además de estar corroída por la multiplicidad, a la oposición le falta un método. Se trata de veinte tribus que carecen de jefe y de un procedimiento para fijar posiciones comunes en cada caso. Durante enero, en el primer round del conflicto por las reservas, lo hubo. Carrió lo explica por una cuestión práctica: “Era más fácil, casi todos estaban de vacaciones y había que acordar dentro de un grupo muy pequeño”. En cambio ahora la mesa debería ampliarse demasiado. Se notó en estos días: Cobos y Morales negociaron con José Pampuro y Miguel Pichetto regresar al empate de la comisión de seguimiento de los DNU; pero Rodríguez Saa y Luis Juez impugnaron la negociación; en cambio Carrió, que pasa por romper todos los pactos, esta vez estuvo del lado del conciliador Morales. “Tenemos que evitar por todos los medios que el kirchnerismo lleve esa comisión a la Justicia y la paralice” dice la diputada, que vio cómo se frustraba su intención de anular el DNU de las reservas porque no tenía todavía dictamen de ese equipo.
Más allá de la pulverización partidaria y de la falta de sistema para procesar cada toma de posición, el panorama opositor plantea un interrogante más complejo: ¿qué capacidad tienen los cabecillas de cada fracción de unificar a un abanico tan diverso de manera rutinaria? ¿Cuántos temas merecerán, a lo largo de estos dos años, ese milagro? La respuesta es bastante evidente. Un frente tan quebradizo sólo permanecerá abroquelado en cuestiones de carácter procesal y cuando el kirchnerismo haya violado todas las formas (hay altísima probabilidad de que sea muy a menudo). La constatación de este límite puede ser muy relevante, ya que la oposición corre el riesgo de exhibir demasiado seguido su impotencia.
Hay una pregunta de mayor alcance. ¿Qué legitimidad tiene la constitución de un frente homogéneo a partir de la mera negatividad? ¿Cuál es el límite político de esa experiencia? ¿Hasta qué punto el mero anti-kirchnerismo puede relevar a los rivales del Gobierno de elaborar una propuesta y de construir un consenso positivo alrededor de ella? Duhalde podría, acaso, proveer una respuesta. Después de todo, él puso a los Kirchner en el Gobierno sin otro objetivo ni reparo que el de evitar el regreso de Carlos Menem al poder.
El Gobierno no debería festejar la fragilidad de sus adversarios. Los Kirchner apenas tienen poder para evitar que el Poder Legislativo sesione en su contra. Ayer, Pichetto festejó que el pliego de Marcó del Pont no fue rechazado. Pero no pudo celebrar su aprobación. Es un fenómeno que debe ser anotado: hasta ahora, la única vez que sesionó el Senado, el miércoles de la semana pasada, el oficialismo perdió. En Diputados la Cámara no funcionó una sola vez en lo que va del año. En definitiva: a lo máximo que puede aspirar el kirchnerismo es a paralizar el Congreso. Demasiado poco para gente que quiere quedarse diez años más en el poder.
Gobierno
vía La oposición, veinte tribus sin jefe – lanacion.com.

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