El Super Bowl: Esta noche, desde las 20 de nuestro país
El Super Bowl: Esta noche, desde las 20 de nuestro país
WASHINGTON.– Ni la catarata de nieve caída en las últimas horas puede con la electricidad en el ambiente. El Super Bowl, la fiesta deportiva máxima de los Estados Unidos, está por empezar. Y si algo mide el estado de ánimo del país es la alegría con que millones de personas paralizan todo para ver a 22 jugadores machacándose en el campo de juego.
Es una fiesta de la identidad nacional. Aquí, sin tapujos, la gente califica a la súper final del fútbol americano como algo “más importante que el Mundial de fútbol”. Y se irritan si uno arremete con que esa comparación es una “barbaridad”, ya que se trata de comparar un evento nacional con uno internacional.
“Sí, pero, para nosotros, es más importante éste campeonato nacional que el internacional de soccer, por muy mundial que sea, ¿entiendes?”, dijo una ingeniera norteamericana –no precisamente amante del deporte– cuando La Nacion intentó sondear, sin pretensión estadística alguna, esta rara pasión deportiva y sus derivaciones en consumo de pizza, cerveza y papas fritas frente al televisor.
Siempre hay excusas para añadir motivos a una celebración. Pero, este año, la cosa parece cantada. La verdad es que hay alegría en la calle. La gente, pese a la crisis, quiere celebrar, quiere espantar la mala onda, la depresión económica y el desempleo. Y se aferran al campeonato como a un conjuro más poderoso que el atribuido a sus brujas de Salem.
“Es el típico optimismo norteamericano”, dijo uno de los comentaristas de la cadena CBS, calentando motores para la transmisión de esta noche.
Las ganas de celebrar son uno de los motivos. El otro es la elección de Miami como sede del partido final, tierra bendecida por el sol y por el ánimo desestructurado. Y, como cereza del postre, el hecho de que uno de los finalistas es el equipo de los Saints, de Nueva Orleáns, la mejor representación de una tierra que quiere celebrar y ponerle el pecho a la tristeza después de la desolación que le dejó el huracán Katrina.
Si todos los años hay una hinchada poderosa saludando a su equipo, este año la de Nueva Orleáns será apoteótica. Su equipo llega como el favorito del corazón colectivo. Enfrente tendrá a los Colts, de Indianápolis, que compiten con toda su aura de excelente equipo, pero sin el misticismo de quien tiene que levantarse del sufrimiento.
Nadie puede predecir cuánto durará el partido. Empezará a las 20 (hora argentina) pero, de allí en más, sólo Dios sabe. Se juegan cuatro cuartos de quince minutos, pero como lo que se cuenta es el tiempo neto que la pelota está en juego, la cosa se puede extender –por lo menos– más de dos horas. Y, quizás, hasta tres o cuatro.
Tendrán que aguantar los “guerreros”, tal como se llama afectuosamente a esos jugadores que salen al campo de juego con máscara y protectores de esponja, un deporte violento, que heredó la esencia de su destreza del rugby inglés, pero que –muy a lo americano– se vistió luego con aires de guerra. Y, en realidad, lo que ocurre en el campo se parece mucho a un combate.
Lo de la pantalla es una cosa. Pero el partido en sí es sólo la esencia que apoya al rito social que le sirve de prólogo y de epílogo. El antes y el después del evento está rodeado de fiestas, conciertos y certámenes. El show va mucho más allá del tiempo de juego. Y se traduce en un enorme negocio.
La televisión factura cifras récord. La publicidad se mueve para todo, porque todo se vincula –a la larga– con el campeonato, que es uno de los hitos de la identidad nacional. Televisores, autos, compañías de viaje, marcas de cerveza, de pizza, de papas fritas, líneas de indumentaria deportiva: todos parecen tener algo que decir apelando a una publicidad en el campeonato.
Hasta los activistas se valen del fútbol americano. Y así, Focus in the Family, una de las asociaciones que aquí hacen campaña contra el aborto, apeló a una de las figuras del deporte, Tim Tebow, para argumentar en favor de su causa. ¿La razón? Pese a todas las dificultades, Pam, la madre del jugador, se opuso a la interrupción del embarazo que le aconsejaron los médicos. Y hoy, él está aquí. Millones de norteamericanos verán hoy ese aviso mientras la pelota va de un lado al otro.
Ellos tuvieron más suerte que un grupo vegetariano, al que se le censuró el aviso que promocionaba su causa con el argumento de que quienes no comen carne “tienen mejor sexo”. No hubo caso, las imágenes sonaron “demasiado explícitas” para los organizadores y el aviso quedó afuera.
Millones de personas verán hoy el Super Bowl y todo lo que la rodea. Es una fiesta que va más allá de los miles y miles de dólares que pueden llegar a pagarse por una entrada en el estadio de los Dolphins. Es una fiesta del televisor, del espectáculo, de la comida, de la cerveza y del juego violento. Una exaltación de la identidad colectiva de esta sociedad, dispuesta a superar sus propias depresiones para vivirla.
vía Una fiesta de la identidad americana – canchallena.com .


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